Hoy en día, la mayoría de las personas están afectadas por la distrofia craneofacial: los huesos de la cara han crecido de forma distinta, los tejidos situados detrás del rostro han cambiado y la función motora muscular está alterada. Como resultado, nuestras estructuras craneofaciales difieren de las de nuestros antepasados.
La causa
Este cambio comenzó en la era industrial (principios del siglo XX), impulsado por la adopción generalizada de alimentos blandos (y, por tanto, por la falta de masticación) y por transformaciones sociales como la incorporación de las mujeres al mercado laboral, que modificó las prácticas de crianza (por ejemplo, mayor uso del biberón y del chupete). Algunos investigadores señalan también los contaminantes atmosféricos y las alergias, que obstruyen la nariz y favorecen la respiración bucal y una mala postura lingual.
¿Cómo somos ahora?
El cambio estético
La distrofia craneofacial, o «síndrome de cara larga», se manifiesta como un perfil facial más plano, que se inclina hacia atrás en lugar de proyectarse hacia delante.
Esto se debe a un maxilar (mandíbula superior) retruido, más estrecho y menos pronunciado, que provoca que la mandíbula inferior rote hacia abajo y hacia atrás. El mentón parece entonces retraído, y la cara en conjunto se ve más alargada.
Como consecuencia, las mandíbulas están menos definidas, los pómulos son menos marcados y la cara parece más blanda. Las sonrisas suelen mostrar más encía y los mentones retroceden, lo que hace a las personas más propensas a la papada.
Los ojos se inclinan hacia abajo («prey eyes»), con ojeras visibles, y la nariz puede parecer más grande, ya que el ángulo facial inferior tira de los tejidos blandos circundantes hacia abajo.
La respiración
Entre los síntomas más sutiles se encuentran una lengua que no descansa de forma natural contra el paladar en su posición de «sellado por succión», un patrón de deglución infantil que persiste en la edad adulta, una postura de cabeza adelantada («tech neck») y la respiración bucal, al faltar dicho sellado.
La propia respiración bucal puede ser también una causa de este crecimiento alterado, creando un círculo vicioso en el que causa y efecto se retroalimentan.
El coste oculto para el cerebro
Con menos espacio para las vías respiratorias detrás de la nariz y un conducto más estrecho, aumenta la probabilidad de roncar y, con el tiempo, de desarrollar apnea obstructiva del sueño (AOS). La AOS no es solo una molestia nocturna: puede suponer una agresión lenta y silenciosa para el cerebro.
Durante el sueño, la vía aérea colapsa repetidamente, interrumpiendo el aporte de oxígeno y provocando microdespertares, a menudo cientos de veces por noche. Este sueño fragmentado y con poco oxígeno afecta a la función cognitiva, la memoria, la toma de decisiones y la regulación emocional.
En los niños puede frenar el crecimiento físico y provocar déficits de atención que con frecuencia se diagnostican erróneamente como trastornos del comportamiento.
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90 %
Hoy, cerca del 90 % de las personas presentan algún grado de apiñamiento dental, señal de un crecimiento facial insuficiente hacia delante. Esta restricción hace que las mandíbulas, el paladar y las vías respiratorias se desarrollen en una posición comprimida y estrecha.
60 %
A escala global, alrededor del 60 % de las personas se identifican a sí mismas como respiradoras bucales. La respiración bucal habitual indica la ausencia del sellado natural de la lengua. Esto suele derivar en ronquidos, que pueden evolucionar hacia una apnea obstructiva del sueño.
10 %
Al menos el 10 % de las personas padecen apnea del sueño, y probablemente muchas más, ya que se trata de una afección en gran medida no diagnosticada. La apnea del sueño puede evolucionar hacia una apnea obstructiva, con efectos perjudiciales sobre el cerebro: deterioro cognitivo, tiempos de reacción más lentos y cambios bruscos de humor que afectan a la planificación, la toma de decisiones, la resolución de problemas y la memoria. También se asocia a daños en la sustancia blanca y a cambios en la química cerebral, atribuidos a una menor eficacia del sistema de eliminación de residuos del cerebro (el sistema glinfático).
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Caras menos atractivas
En los casos más marcados, la «cara larga» suele percibirse como poco atractiva. Los dibujos animados y la cultura popular refuerzan esta idea: los personajes con estos rasgos rara vez son los héroes.
¿Por qué? Porque todos respondemos instintivamente a estas señales.
En medicina, esta «cara larga» se denomina a veces «facies adenoidea». El término suele describir a niños que no desarrollan el sellado lingual natural y respiran de forma crónica por la boca. La respiración bucal puede irritar las amígdalas y las adenoides (tejido linfático en la parte posterior de la garganta). Como la vía aérea ya es estrecha, unas amígdalas y adenoides inflamadas empeoran la situación y provocan aún más respiración bucal. En casos graves, esto puede frenar el crecimiento y afectar al desarrollo cognitivo.
Una buena función cerebral depende de la respiración nasal, que a su vez depende de una estructura facial bien desarrollada (la forma craneofacial fisiológicamente normal).
Caras más atractivas
En cambio, los cánones de belleza masculina más extendidos destacan una estructura facial fuerte y tridimensional, con una mandíbula pronunciada, ángulos definidos, ojos hundidos con mirada segura («hunter eyes») y una postura erguida.
Estos rasgos suelen percibirse como atractivos porque sugieren fuerza física, buena función cognitiva, control emocional y buena salud reproductiva.
De forma similar, los signos habitualmente asociados al atractivo femenino incluyen un rostro marcado con pómulos altos, ojos ligeramente elevados (inclinación cantal positiva) y una mandíbula bien definida.

¿Cómo se le pasó a todo el mundo por alto?
La epidemia ha pasado prácticamente inadvertida porque hoy casi todo el mundo está afectado en algún grado. Mires donde mires, y cuanto más te fijas, más personas ves con algún signo del síndrome de cara larga. No oyes roncar a la gente, pero las cifras son preocupantes.
¿Quién se dio cuenta?
Pocas personas identificaron el problema pronto. Buena parte del mérito corresponde a tres generaciones de ortodoncistas —Gordon, John y Mike Mew—, que reconocieron la relación entre los estilos de vida modernos y el estrechamiento de las mandíbulas (con los dientes torcidos como consecuencia), buscaron el diálogo con otras disciplinas científicas e impulsaron una investigación más profunda sobre las causas del síndrome de cara larga.
El tema también ha ganado visibilidad gracias a dos libros influyentes: Jaws, de la ortodoncista Sandra Kahn y el biólogo Paul Ehrlich (Stanford University Press, 2018), y Breath: The New Science of a Lost Art, del periodista James Nestor (Riverhead Books, 2020).
Estos trabajos, junto con otros libros y publicaciones científicas de distintas disciplinas, han despertado curiosidad y preocupación. Muchos ortodoncistas atentos conocen el fenómeno y empiezan a tratar a los niños muy pronto.
Desde 2018, numerosas comunidades han abordado el tema en internet. Como resultado, millones de personas son hoy conscientes de los efectos estéticos del subdesarrollo craneofacial y, cada vez más, de sus causas de fondo.
Para seguir leyendo
Si te interesa profundizar, aquí tienes algunas lecturas para empezar:
- Kahn, S., Ehrlich, P., Feldman, M., Sapolsky, R., & Wong, S. (2020). The Jaw Epidemic: Recognition, Origins, Cures, and Prevention. BioScience, 70(9), 759–771. https://doi.org/10.1093/biosci/biaa07
- Corruccini, R. (1984). An epidemiologic transition in dental occlusion in world populations. www.academia.edu. https://www.academia.edu/33543466/
- Para una amplia variedad de recursos, recomendamos visitar: connectingheads.com/library/

